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«en casa del mago»
 
 
Capítulo V de Una extraña vida de Ivan Osokin, por P.D.Ouspensky

Iván Osokin acude a la casa de un amigo a quien conoce hace algún tiempo. Es un buen mago, y siempre tiene excelente coñac y cigarros.

Osokin y el mago se sientan junto al fuego.

Es un cuarto espacioso, ricamente decorado, con detalles orientales. El suelo está cubierto con preciosas y viejas alfombras persas, chinas, y de Bokhara. Las altas ventanas tienen cortinas con antiguos brocados de bellos dibujos. Hay mesas y sillas de ébano tallado, figuras de bronce de dioses indios, libros indios con hojas de palma.

En un nicho, una figura sentada, de tamaño casi natural, graciosa y casi viviente de Kwan-Yin. En un estante lacado en rojo, un gran globo celeste. Hay un reloj de arena en una pequeña mesita de marfil labrada, cerca de la silla del mago. Sobre el respaldo de la silla, un negro gato siberiano está sentado, mirando el fuego.

El mago, un anciano encorvado con una aguda y penetrante mirada, está vestido todo de negro, y cubre su cabeza con un gorrito chato y negro. En su mano empuña un delgado bastón persa con una turquesa incrustada.

Osokin está sombrío. Fuma un cigarro y no dice nada. Cuando más sumido está en sus pensamientos, el mago le dice:

-Mi querido amigo, tú ya sabías lo que te iba a ocurrir.

Osokin se sobresalta y lo mira.

-¿Cómo sabe usted lo que estoy pensando?

-Yo siempre sé lo que estás pensando.

Osokin inclina la cabeza.

-Sí, ya sé que ahora no puede remediarse –dice-. Pero, si únicamente pudiera retroceder unos cuantos años de este miserable tiempo, que ni siquiera existe, según usted dice... Si pudiera tener de nuevo las oportunidades que la vida me ofreció y que deseché. Si pudiera hacer las cosas de una forma diferente...

El anciano toma de la mesa el reloj de arena, lo sacude, le da la vuelta y observa el correr de la arena.

-Todo puede hacerse retroceder -dice. Pero, sin embargo, de nada serviría.

Osokin, sin escuchar y completamente inmrso en sus propios pensamientos, continúa:

-…Si sólo hubiera sabido a lo que habría de llegar. Pero creía tanto en mí mismo; creía en mi propia fortaleza. Quería andar mi propio camino. No tenía miedo de nada. Desprecié todo lo que la gente valora y nunca miré hacia atrás. Pero ahora daría la mitad de mi vida por volver atrás y parecerme a los demás.
Se levanta y camina de un lado a otro del cuarto.

El anciano continúa sentado, observándolo, meneando la cabeza y sonriendo. Hay en su mirada diversión y cierta ironía pero llena de compasión y de piedad, como si le hubiera gustado ayudarlo y no pudiese.

-Siempre me he reído de todo -continúa Osokin-, y hasta he disfrutado en destrozar mi vida. Me sentía más fuerte que los demás. Nada me podía doblegar, nada podía derrotarme. No estoy derrotado. Pero no puedo luchar más. Estoy metido en una especie de fango. No puedo hacer un solo movimiento.
¿Me comprende? Tengo que permanecer inmóvil y ver cómo me absorbe.

El anciano sentado lo mira.

-¿Cómo has llegado a esto? –le dice.

-¿Cómo? Usted sabe tanto sobre mí, que debe saberlo muy bien. Empezó mi deriva cuando me expulsaron de la escuela. Eso sólo cambió toda mi vida. Debido a eso perdí el contacto con todo. Por ejemplo, con mis condiscípulos, algunos todavía están en la Universidad, otros se han graduado, todos ellos caminan con seguridad. He vivido diez veces más que lo que ellos han vivido, sé más, he leído y visto cien veces más que ellos, y sin embargo, soy un hombre a quien la gente trata con condescendencia.

-¿Y eso es todo? -pregunta el anciano.

-Sí, todo... Aunque hubo más momentos. Tuve otras oportunidades, pero, una después de otra, las dejé pasar. La primera fue la más importante. ¡Qué terrible es que casi sin entendimiento o sin intención, cuando somos aún muy jóvenes, para apreciar las consecuencias, hacemos cosas que afectan nuestra vida entera y cambian todo nuestro futuro! Lo que hice en la escuela fue realmente una broma, estaba aburrido. Si hubiera sabido y comprendido a donde me llevaría, ¿cree usted que lo hubiera hecho?

El anciano asienta con su cabeza.

-Sí, lo habrías hecho -dice.

-¡Nunca!

El anciano ríe.

Osokin continúa caminando de un lado a otro del cuarto, luego se detiene y habla de nuevo:

-Y después, ¿por qué reñí con mi tío? El anciano estaba muy bien predispuesto hacia mí, pero fue como si le provocara a propósito, al desaparecer por días enteros en los bosques con aquella muchacha que estaba bajo su tutela. Es cierto, Tenechka era extraordinariamente dulce, y yo sólo tenía dieciséis años y, ¡nuestros besos eran tan bellos! Pero el anciano se ofendió mortalmente cuando nos sorprendió besándonos en el comedor. ¡Qué imprudente era todo eso! Si hubiera sabido las consecuencias, ¿cree usted que no me hubiera detenido?

El mago ríe de nuevo.

-Lo sabías -dice.

Osokin se queda sonriendo como si estuviera viendo y recordando algo muy lejano.

-Puede ser que lo supiera –dice-. Es que me parecía entonces tan excitante... Pero, desde luego, no debí haberlo hecho. Y de saber, con toda seguridad, lo que ocurriría me hubiera mantenido lejos de Tanechka.

-Lo sabías muy bien -dice el anciano-. Piensa y lo verás.
-Por supuesto que no lo sabía claramente -dice Osokin-. La mayor dificultad consiste en que nunca sabemos, con seguridad, lo que sucederá. Si supiéramos, claramente, el resultado de nuestras acciones, ¿cree usted que haríamos todo lo que hacemos?

-Tú siempre lo sabes -le dice el anciano a Osokin-. Un hombre puede no saber las consecuencias de las acciones de otras personas o el resultado de causas desconocidas, pero siempre sabe los posibles resultados de sus propias acciones.

Osokin se sume en sus pensamientos y una sombra cruza su rostro.

-Puede ser –dice- que algunas veces haya sospechado los acontecimientos. Pero uno no puede tomar esto como un criterio cierto… Y además siempre me tomé la vida de una manera muy diferente a como lo hacen otras personas.

El mago sonríe.

-Aún no me he encontrado a un hombre –dice- que no esté convencido de que se toma la vida de forma muy diferente a como lo hacen otras personas.

-Pero -continúa Osokin sin escuchar-, si yo hubiera sabido con certeza lo que sucedería, ¿por qué tendría que hacer esas cosas? Por ejemplo, lo que me sucedió en la Escuela Militar. Me doy cuenta de que me era difícil estar ahí porque no estaba acostumbrado a la disciplina, pero tampoco puedo justificarlo. Pude esforzarme y soportarlo. Todo había empezado bien, sin problemas, pero no pasó mucho tiempo cuando, de improvisto, como a propósito, comencé a llegar tarde al regresar de mis permisos. Un domingo, luego otro y, entonces, me dijeron que me expulsarían si llegaba tarde una vez más. Después de esta advertencia, dos veces llegué a tiempo y, después, de una noche en la casa de Leontieff (la muchacha del vestido negro) ya no regresé a la escuela. Bueno, ¿para qué recordar todo eso? Como consecuencia fui expulsado. ¡Pero yo no sabía de antemano que eso terminaría así!

-Lo sabías -repite el mago.

Osokin ríe.

-Bueno, supongamos que en ese caso lo sabía, pero yo estaba muy aburrido con tantas tonterías, y después de todo, uno siempre espera lo mejor. Quiero que usted entienda que cuando hablo de saber, no me refiero a ese conocimiento que es únicamente una suposición. Quiero decir que si supiéramos con absoluta certeza qué es lo que va a suceder, entonces actuaríamos en una forma diferente.

-Mi querido amigo, no te das cuenta de lo que dices. Si supieras algo con absoluta certeza, eso significaría que era inevitable. Por lo tanto ninguna de tus acciones podría alterar nada en modo alguno. A veces, sabes cosas como ésta: sabes, por ejemplo, que si tocas el fuego te quemarás. Pero no quiero decir eso. Quiero decir que siempre sabes los resultados de tus acciones; pero de forma absurda quieres hacer una cosa y obtener el resultado que únicamente podría venir de otra.

-No siempre sabemos los resultados que obtendremos -dice Osokin.

-Siempre.

-Espere un momento, ¿realmente sabía todo cuando era un soldado raso en Turkestán? No tenía ninguna esperanza. Y, sin embargo, esperaba algo.

El mago sonríe de nuevo.

-No había nada que pudieras hacer –dice-. Nada dependía de ti, no hiciste nada.

-Inesperadamente recibí un legado de una tía -continúa Osokin-. Treinta mil rublos. Eso fue mi salvación. Al principio, actué en forma sensata; fui al extranjero; viajé por algún tiempo. Después, empecé a ir a conferencias en la Sorbona. Todo llegó a ser posible de nuevo…, muchas cosas fueron aún mejor que antes, y, luego, en un momento estúpido, irracional y tontamente, perdí todo el dinero que me quedaba en la ruleta, en compañía de ricos estudiantes ingleses y americanos que ni siquiera se dieron cuenta. ¿Sabía acaso lo que estaba haciendo entonces? Estaba perdiendo todo en ese momento. Estoy seguro de que si supiéramos como vamos a terminar, muchas veces, nos detendríamos.

El anciano se levanta y apoyánndose en su bastón, se detiene frente a Osokin.

-Pero perdiste considerables sumas de dinero antes, en las cartas y en la ruleta. Tú mismo me lo dijiste, ¿por qué te quedaba sólo una tercera parte de la herencia?

-¡Oh!, no perdí todo el dinero en las cartas. Había vivido cuatro años en el extranjero -contesta Osokin-. En cualquier caso, no podía vivir por mucho más de mis ingresos. Y todavía me faltaba bastante para lograr el graduado y luego encontrar algún trabajo.

-Sí -dice el mago-, pero ya habías perdido mucho de tu dinero, y era inevitable que lo perdieras todo, y sabías que lo perderías. Siempre lo sabes, pero nunca te detienes.

Osokin mueve su cabeza impacientemente.

-¡Por supuesto que no! –grita- ¡Si sólo lo pudiéramos saber! Nuestra desgracia es que nos arrastramos como gatitos ciegos encima de una mesa, sin saber nunca dónde está el borde. Hacemos cosas absurdas porque no vemos nada de lo que está enfrente. ¡Si pudiéramos saberlo! ¡Si únicamente pudiéramos ver un poco de lo que está delante!
Camina de un lado a otro del cuarto; luego se detiene, frente al anciano.

-Escuche, ¿no podría hacer su magia algo por mí? ¿No puede usted hacer que retroceda? He estado pensando en esto mucho tiempo y, hoy, cuando tuve noticias de lo de Zenaida, pensé que ésta era la única solución. Ya no puedo vivir. He echado todo a perder. Hágame retroceder si es posible. Haré todo en una forma diferente. Viviré de un modo nuevo y estaré preparado para encontrar a Zenaida cuando llegue el momento. Quiero retroceder diez años, a la época en que era un escolar. Dígame, ¿es posible?

El anciano mueve la cabeza afirmativamente.

-Es posible -dice.

Osokin se detiene azorado.

-¿Puede usted hacerlo?

El anciano vuelve a mover su cabeza afirmativamente.

-Puedo hacerlo, pero eso no hará que las cosas te vayan mejor.

-Bueno, eso es cosa mía -dice Osokin-. Hágame retroceder diez, no, doce años.  Pero debe haber una condición, y es que debo recordar todo, todo, ¿comprende?, incluyendo los detalles más pequeños. Todo lo que he adquirido durante estos doce años debe quedar conmigo, todo lo que sé, toda mi experiencia, todo mi conocimiento de la vida. ¡Así, uno podría hacer cualquier cosa!

-Yo puedo enviarte de vuelta hasta donde quieras, y lo recordarás todo, pero no conseguirás nada -dice el anciano.

-¡Cómo que no he de conseguir nada! -dice Osokin excitado-. Lo terrible es que no sabemos cual es nuestro camino. Si lo conozco y lo recuerdo, haré todo de forma diferente. Tendré un propósito y estaré prevenido para afrontar las dificultades. ¿Qué está usted diciendo? ¡Por supuesto que cambiaré mi vida entera! Buscaré a Zenaida cuando esté en la escuela. Ella no sabrá nada, pero yo ya sabré que nos encontraremos más tarde y haré todo teniendo esto en cuenta. ¿Cree usted que haré de nuevo tantas tonterías con mi vida? ¡Esté seguro de que no!

El anciano se sienta lentamente y continúa mirándolo.

-Hazlo, es posible -dice el anciano-. Retrocederás doce años si lo deseas. Y recordarás todo en tanto que no desees olvidarlo. ¿Estás preparado?

-Perfectamente preparado -dice Osokin-. De todas formas, no creo que pueda volver de nuevo a mi casa. Eso, es imposible.
El anciano palmea tres veces con sus manos. Un chino, el sirviente del mago, entra silenciosamente en el cuarto. Tiene una larga coleta, va vestido con una túnica de seda azul adornada con piel y calzado con gruesas suelas de fieltro. El mago le habla en voz baja. El chino, moviéndose silenciosamente, trae y coloca ante el mago un brasero, en donde arde carbón vegetal, y un gran vaso.

El gato salta desde el respaldo de la silla del mago y sale detrás del chino.

El anciano sumerge una mano en el vaso y con la otra mano señala a Osokin el sillón. Osokin se sienta.

Mientras observa el fuego, el anciano lentamente pronuncia algunas palabras incompresibles; luego, sacando su mano del vaso, arroja un puñado de polvo verde-gris en el brasero. Al mismo tiempo, toma el reloj de arena de la mesa, lo sacude y lo voltea. Un humo aromático y acre se levanta formando una nube encima del brasero.

Todo el cuarto se llena de humo, y se dibujan muchas formas movedizas, como si el cuarto estuviera, repentinamente, lleno de personas.

Cuando el humo se disipa, el anciano sentado en su sillón sostiene el reloj de arena en su mano.

Osokin ha desaparecido.

     
 
     
 
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  Frases de las cabeceras tomadas de la obra escrita de Samael Aun Weor.