Si leemos el libro: “Autobiografía de un yogui” escrito por Yogananda, descubrimos una biografía extraordinaria, digna de ser leída detenidamente.
Yogananda comienza el libro haciendo mención del recuerdo de una vida anterior en la que fue un yogui en los Himalayas.
Nació el 5 de enero de 1.893, era el cuarto hijo y el segundo varón de una familia de ocho hermanos: cuatro hombres y cuatro mujeres. Sus padres eran bengalíes de la casta de los kshatriyas, la casta de los guerreros y gobernantes, la segunda en el sistema tradicional de castas de la India.
También le venían reminiscencias de su infancia, cuando impotente no lograba caminar, ni expresarse libremente, sin embargo brotaban en él suplicantes oraciones como reacción ante tal impotencia.
Vivió hasta los ocho años en la ciudad de Gorakhpur, al noroeste de la India, cerca de los Himalayas.
A causa del trabajo de su padre, vivió en varias ciudades en su niñez. De su madre aprendió la virtud de la generosidad para con los necesitados, en cierta ocasión, gastó en alimentar a los pobres, una suma superior al ingreso mensual de su padre.
Su padre ejerció una estricta disciplina con sus hijos, pero consigo mismo era mucho más severo. Jamás iba al teatro, repudiaba todo lujo, y no desechaba un par de zapatos viejos sino cuando estaban totalmente inservibles. Nunca se alegraba de las ganancias materiales, decía:
Quien persigue la meta de la ecuanimidad, no se regocija ante la ganancia ni se deja deprimir por pérdida alguna, recordando que el hombre llega a este mundo sin fortuna, y lo abandona también en la misma forma. Sus padres fueron discípulos nada más casarse del gran maestro Lahiri Mahasaya. Lahiri Mahasaya abandonó su cuerpo físico al poco tiempo de nacer Yogananda. Pero el retrato del Maestro acompañó siempre a Yogananda, cuenta que a menudo veía su imagen fotográfica emerger del pequeño marco y sentarse junto a él durante sus meditaciones, con cuerpo físico. Y cuando él intentaba tocar sus pies, la figura de Lahiri desaparecía.
A la edad de ocho años, Yogananda fue sanado milagrosamente por su gurú. Enfermó de cólera y su madre le instaba frenéticamente a alzar la vista hacia el cuadro de Lahiri que colgaba sobre su cabeza. Inclínate ante él mentalmente, le decía su madre. Y le aseguraba que si le demostraba su devoción el maestro le salvaría. Cuando Yogananda elevaba su mirada, veía una luz cegadora que salía del cuadro y envolvía su cuerpo y llenaba la habitación entera. Yogananda se recuperó de forma instantánea y total.
Cuando vivían en la ciudad de Lahore, en el Punjab, en el balcón de la casa instalaron un pequeño santuario, Yogananda colocó allí un cuadro que había comprado de la Madre Divina, en su manifestación de Kali, y estaba convencido de que cuanto le pidiera en aquel sagrado lugar, ella se lo concedería. Un día le dijo a su hermana en el balcón:
Estoy pensando en cuán hermoso es el que la Madre Divina me conceda todo cuanto le pido.
Su hermana le dijo:
¿Presumes, acaso, que te dará esas dos cometas? (señalando a unos niños que jugaban con sus cometas en la calle).
¿Por qué no?, contestó Yogananda, y elevando hacia la Divina Madre sus súplicas, le hizo su petición. El cordón de una de las cometas se cortó y formó un lazo perfecto, al alcance de Yogananda, el cual cogió la cometa y se la dio a su hermana. Ésta le insistió: Cuando la otra cometa llegue también a tus manos, creeré. Yogananda continuó sus peticiones a la Divina Madre, cuando de pronto, el cordel de la otra cometa se cortó y la segunda cometa llegó hasta el niño, el cual la entregó a su hermana de nuevo, y esta le dijo: Ciertamente la Madre Divina responde a tus oraciones. Y dicho esto salió corriendo asustada.
A la edad de once años Yogananda soñó que su madre se moría, pero su padre no le hizo caso y no quiso partir hacia su casa ya que se encontraban en otra ciudad, solo cuando recibieron un telegrama con la noticia, partieron inmediatamente, pero no llegaron a tiempo.
Yogananda clamó al cielo por su terrible perdida y consiguió atraer la atención de su Divina Madre la cual le dijo:
Soy Yo la que he velado por ti vida tras vida, en la ternura de muchas madres. Ve en mi mirada los hermosos ojos que andas buscando. Al año de la muerte de su madre le hicieron entrega de una cajita, con un mensaje que su madre había escrito para él en su lecho de muerte, pero que no podían darle hasta ese momento por orden materna. El mensaje decía:
Deja que estas palabras sean mi bendición postrera, mi amado hijo. Ha llegado la hora en que debo relatarte algunos hechos que acontecieron a tu nacimiento... Cuando eras un bebé, te llevé a la casa de Lahiri Mahasaya. Ante la multitud, mi gurú me hizo señas para que nos acercáramos, mi Maestro te sentó entre sus piernas, bautizándote. Y me dijo: Madrecita, tu hijo será un yogui. Como un motor espiritual, él conducirá muchas almas al Reino de Dios. Poco antes de tu nacimiento, Él me había dicho que tú seguirías su sendero...supe que tu sendero está más allá de las ambiciones mundanas... Un extraño Sadhu me dijo que se materializaría un amuleto de plata en mis manos mientras meditara y que al año de mi muerte se te hiciera entrega de él, cuando estuvieras listo para renunciar a todas las cosas terrenas, iniciando la búsqueda de Dios. Y que cuando hubiera cumplido su objetivo, el amuleto desaparecería y volvería a su lugar de procedencia. No lamentes mi partida, ya que yo habré sido introducida por mi gurú en los brazos del infinito. Adiós, mi querido hijo, la Madre Cósmica te protegerá. Cuando Yogananda cogió el amuleto entre sus manos, una ráfaga de luz inundó todo su cuerpo. Se avivaron en él muchos recuerdos adormecidos y comprendió que el amuleto procedía de maestros de vidas pasadas, quienes invisiblemente guiaban sus pasos.
Yogananda conoció a varios sabios, entre ellos estaba el “Santo de los perfumes”, que materializaba flores y frutos del astral con perfumes exquisitos, pero Yogananda resolvió no hacerse su discípulo, pues no le agradaban los gurus “maravillosos” y pensó que el “Santo de los perfumes” tenía un poder que desearía para todos los hambrientos que existen en el mundo.
Años más tarde, Yogananda comprendería cómo el Santo de los perfumes conseguía esas materializaciones: se ponía a tono con la fuerza del prana, y mediante ciertas prácticas yóguicas, cambiaba la vibración atómica de los objetos materializados. Yogananda llegó a la conclusión de que tales milagros eran inútiles desde el punto de vista espiritual y desviaban la verdadera investigación de Dios.
Cuando finalmente encontró a su maestro, él le enseñó las cualidades de un verdadero hombre, exclusivamente a través de su sublime ejemplo.
Cuando Yogananda acabó sus estudios, empezó a hacer planes para abandonar su hogar y esto produjo tal tristeza en su interior que se retiró a su pequeña buhardilla y estuvo llorando durante dos horas, después se sintió completamente transformado, como si hubiera usado un limpiador químico, el cual hizo desaparecer de su interior todos sus apegos familiares y mundanos. Su padre consintió su marcha y partió a una ermita de Benarés.
Lo primero que aprendió en el ashram, fue a controlar el apetito, y esto le costó varios años. Su Maestro le decía:
Nunca te imagines que la comida, el dinero o los hombres te sostienen. ¿Podrían ellos ayudarte si Dios retirase su hálito de vida? En cierta ocasión que oraba a su Divina Madre, esta le dijo: Tu Maestro vendrá hoy.
Ese mismo día yendo por un mercado, en una callejuela vio a un hombre de aspecto crístico, vestido con la túnica ocre que le dijo:
¡Hijo mio, por fin has venido a mí! ¡Cuántos años te he estado esperando! ¡Te daré mi ermita y todo cuanto poseo!
Yogananda le contestó: Señor, yo solo quiero obtener tu sabiduría!.
Su gurú le dijo que debía regresar a Calcuta con su familia. Pero Yogananda le contestó: Señor, yo no pienso regresar a mi hogar. Estoy dispuesto a seguirle a todas partes. Por favor, deme su nombre y dirección. Su gurú le dijo: Swami Sri Yukteswar Giri. Mi ermita principal está en Serampore.
Serampore estaba a doce millas de Calcuta y Yogananda se resistía a volver con su familia, sin embargo su gurú le dijo que volvería en treinta días.
Cuando se volvió a reunir con su gurú, este le pidió nuevamente que regresara con su familia y que continuara sus estudios en la Universidad, pues algún día iría a Occidente y necesitaría esos estudios.
Yogananda aceptó su autoridad con la condición de que le prometiera revelarle a Dios. Su gurú le dijo:
¡Que tu deseo sea mi deseo! Entre las enseñanzas de su gurú imperaba que olvidara el pasado, solía decir su maestro:
Las vidas de todos los hombres se encuentran manchadas por múltiples culpas. La conducta de cada ser humano será siempre imperfecta mientras éste no haya establecido su conciencia en la Divinidad. Todo mejorará en el futuro, si estás haciendo un esfuerzo espiritual en el presente. El cuerpo es un amigo traicionero. Dale únicamente lo que necesita, no más. El dolor y el placer son transitorios, sobrellevad todas las dualidades con calma, tratando a la vez de remontaros más allá de su alcance. La imaginación es la puerta a través de la cual penetran igualmente la enfermedad y la curación.
Su maestro le recordaba diariamente sus imperfecciones, tan solo cuando Yogananda abandonó todo resentimiento interno, los castigos verbales de su gurú hacia él disminuyeron y se volvió más clemente.
Yogananda estuvo cuatro años estudiando en la Universidad, pero pasaba más tiempo en la ermita de su gurú. Cuando sus estudios estaban acabando se negó a presentarse a los exámenes finales de la Universidad, pues lo consideraba una farsa, ya que su tiempo lo había dedicado a lo espiritual y no a prepararse para los exámenes; sin embargo su gurú le dijo:
¡Mas buscad primeramente al Reino de Dios y su Justicia; y todas las demás cosas se os darán por añadidura! También le recomendó que buscara a un amigo y que este le inspiraría en los exámenes. Yogananda quería obedecer a su Maestro y resolvió contestar a todas las preguntas que le hicieran con las enseñanzas de su Maestro. De todas formas buscó a la persona que su Maestro le había recomendado y escuchó todas las posibles preguntas que según este amigo podían salir en los exámenes.
Se presentó a las pruebas y vio con asombro que todos los cuestionarios coincidían totalmente con todo lo que su amigo le había indicado y rompió a llorar con lágrimas de gratitud. Y para mayor asombro en la prueba final de redacción tenía que hablar sobre alguna persona que hubiera conocido a lo largo de su vida y que le hubiera dejado una profunda huella. Yogananda no tuvo ninguna duda de la persona de la que iba a hablar. Y escribió una redacción extensa sobre su Maestro y las enseñanzas que habían transformado su vida.
Consiguió el doctorado como Licenciado en Letras. Y pocos días después su Maestro le envolvió con una túnica ocre y le dijo que para conseguir el grado de Swami, incluía una ceremonia de fuego, sin embargo, el Maestro omitió todos los ritos formales y únicamente le pidió que escogiera un nombre nuevo.
Yogananda contestó después de pensar un rato, cuyo significado es felicidad, a través de la unión divina. Su gurú después de llamarlo por primera vez con su nuevo nombre cantó unos versos en sánscrito que decían:
Ni mente, ni intelecto, ni ego, ni sentimiento; Ni cielo, ni tierra, ni metales soy yo. ¡Yo soy Él, yo soy Él, Espíritu Bendito, yo soy Él! Ni nacimiento, ni muerte, ni casta tengo: Padre y madre, no los tengo. ¡Yo soy Él, yo soy Él, Espíritu Bendito, yo soy Él Yogananda posteriormente fue invitado como delegado a un Congreso Internacional de Religiones Liberales en América. Y al preguntarle a su Maestro que debía hacer, este le contestó:
¡Ahora o nunca! Yogananda estaba preocupado por su oratoria, y sobre todo por el idioma, pero su Maestro le dijo:
¡Inglés o no inglés, tus palabras sobre yoga serán oídas en Occidente! Su padre se despidió de él con tristeza, pensando que por su avanzada edad no se volverían a ver más en esta vida. A lo que Yogananda le contestó:
¡Seguro que el Señor nos volverá a juntar una vez más! Yogananda mientras llevaba a cabo los preparativos de su viaje, le asaltaba cierta inquietud por los relatos que había escuchado sobre el materialismo de los occidentales, tan diferente del ambiente espiritual de la India. Y aunque estaba decidido a realizar ese viaje, se propuso entrar en oración y no dejarla hasta que obtuviera la bendición de Dios y oyera su voz, con la firme determinación de morir en oración si fuera necesario.
Fue tan intensa su oración, que cuando estaba anocheciendo, alguien llamó a su puerta. Al abrir, un joven vestido con la túnica de la renunciación estaba ante sus ojos. Yogananda pensó:
¡Debe ser el inmortal Babaji, pues se parece a Lahiri Mahasaya, aunque más joven! Sus pensamientos fueron contestados:
¡Si, soy Babaji! Nuestro Padre Celestial ha escuchado tu oración, y Él me envía para que te diga: Sigue el mandato de tu gurú y ve a América. No temas, estás protegido.
Tu eres el escogido para difundir el Kriya Yoga en Occidente. Hace mucho tiempo me encontré con tu gurú, y le dije que te iba a enviar para que te preparara. Yogananda se prosternó reverentemente a los pies del inmortal gurú. Él le hizo levantarse y le contó muchas cosas acerca de su vida, también le dio instrucciones personales y finalmente le dijo con solemnidad:
Kriya Yoga, la técnica científica de realización para conocer a Dios, terminará por difundirse en todos los países, ayudando a unir a las naciones por medio de la trascendental percepción personal que el hombre obtendrá del Padre Infinito. Luego se encaminó a la puerta y le dijo a Yogananda:
¡No trates de seguirme, no podrás hacerlo! Yogananda intentó seguirlo pero sus pies no obedecieron, parecían estar clavados en el suelo. Momentos después agradeció a Dios su respuesta y por semejante encuentro.
Yogananda salió de la India en 1.920 en Agosto rumbo a América. Los últimos consejos de su Maestro fueron:
Olvida que has nacido hindú, no seas tampoco americano. Toma lo mejor de ambos. Busca e incorpora a tu Ser las mejores cualidades de todos tus hermanos de las diversas razas. Tienes mucha facilidad para atraer almas sinceras. Adonde quiera que vayas, aun en los lugares más desiertos, encontrarás amigos.
A su llegada a América, la primera conferencia que impartió se tituló: La Ciencia de las Religiones, en la que decía:
La Religión es Universal y única y que es imposible universalizar costumbres y convicciones particulares, pero los elementos comunes de las religiones pueden ser universalizados y a todos podremos pedir que la sigan y obedezcan.
Cuatro años estuvo Yogananda en Boston, daba conferencias, dictaba clases y escribió un libro de poemas “Cantos del Alma”. Luego inició un viaje transcontinental hablando ante miles de personas en las principales ciudades, concluyó su viaje en Alaska.
A finales de 1.925 estableció una sede en la ciudad de los Ángeles, California.
En 1.930 escribió otro libro, que dedicó a sus estudiantes: “Pensamientos para la oración.”
15 años llevaba en América cuando recibió una llamada telepática de su Gurú, mientras meditaba, donde le instaba a regresar a la India.
El 9 de junio de 1.935 se embarcaba en Nueva York en el vapor Europa, en compañía de 2 estudiantes. Llegaron en barco hasta Londres, luego viajaron a Alemania porque Yogananda tenía interés de conocer a Teresa Neumanm, una cristiana que se alimentaba tan solo de una hostia consagrada y que cada viernes rememoraba en sus carnes la pasión de Cristo. Yogananda quedó muy impresionado con esta dama, pero no consiguió que le diera el método que estaba buscando para no depender de la comida.
Posteriormente viajaron a Italia y visitaron Asis, para rendir homenaje al apóstol de la humildad. Luego partieron a Grecia, donde visitaron los templos atenienses y estuvieron en la prisión de Sócrates y por último fueron a Palestina. Recorrieron durante días la Tierra Santa. Yogananda decía:
Quienes poseen un corazón sensible perciben en Palestina, que el espíritu de Cristo todo lo impregna. Caminé a su lado en Getsemaní, el Calvario, el sagrado monte de los olivos, el Río Jordán y el Mar de Galilea. La historia antigua se desenvolvía ante nosotros, y escena por escena ví el divino drama que Cristo viviera una vez.
Después se dirigieron a Egipto, a El Cairo y visitaron las Pirámides.
Luego se dirigieron en barco a la India. Llegaron el 22 de agosto de 1.935.
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